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Zheng He, el Colón chino 

El Mariscall Zheng He
El Almirante Zheng He

    Nacido en 1372 en la pobre y montañosa provincia china de Yunnan, en el momento en que el poder de los mongoles estaba empezando a ser sustituido por el de una nueva dinastía local, los Ming. Con tan sólo diez años fue capturado por los ejércitos Ming, pues su familia era musulmana y había luchado al lado de los mongoles. Como era costumbre con los prisioneros que eran hombres, lo castraron, un proceso al que muchos no sobrevivían.

 

Aun habiendo sido uno de los navegantes más importantes de la historia,  su nombre no figura en los manuales, a menos que estos hayan sido impresos en Pekín.

El gran eunuco Zheng He recorrió a principios del siglo XV todo el océano Índico, viajó por el Golfo Pérsico, exploró la costa oriental de África y parte del Pacífico.

Ahora, un polémico estudio firmado por el ex-comandante de submarinos británico Gavin Menzies afirma que Zheng He hizo mucho más:

– entre 1421 y 1423, rodeó el continente negro, atravesó el Atlántico, descubrió América, cruzó el estrecho de Magallanes y fue el primero en circunnavegar el mundo.

En un polémico ‘best seller’ afirma que un navegante oriental llegó a América y navegó alrededor del mundo en 1421, setenta años antes del histórico viaje del descubridor genovés

Si la teoría del autor británico es cierta, la frase «Cristóbal Colón descubrió América en 1492» dejará de tener sentido, porque Zheng He se le adelantó en algo más de 70 años. Magallanes y Elcano también perderían el honor de haber sido los primeros navegantes que rodearon el globo. Menzies, historiador aficionado que recorrió los mismos mares que su admirado navegante chino a bordo de un submarino nuclear, presenta sus conclusiones y pruebas en el libro “1421: El año en que China descubrió el mundo”.

Los viajes de Zheng He:

 
Menzies parte de un hecho documentado, en el año nuevo chino de 1421, Zhu Dhi, emperador de la dinastía Ming, celebraba la inauguración de la Ciudad Prohibida. Al acontecimiento acudieron los embajadores de todos los países con los que el imperio mantenía relaciones. Zhu Dhi decretó que una gran flota devolviera a los invitados a sus hogares y, de paso, recaudase impuestos en los «países bárbaros».

Para cumplir las órdenes del emperador se construyeron unos gigantescos astilleros en la rivera del rio Yangtze, a las afueras de Nanjing, y que hoy aún se conservan. En total, entre 1403 y 1407 más de 1600 naves fueron construidas o remodeladas en esos astilleros.

Aparte de los fines comerciales, los motivos que impulsaron a Yongle a emprender semejantes expediciones no están del todo claros y pudieron ser múltiples. Por un lado se baraja la posibilidad que las expediciones hubieran sido un intento de encontrar al anterior emperador, Jianwen. Se había extendido el rumor que Jianwen no había muerto en la caída de Nanjing al no encontrarse su cadáver, por lo que estas expediciones podían haber servido para buscarle. Además, en el caso de que Jianwen estuviera vivo y buscando apoyo extranjero, la flota podía constituir una advertencia para sus posibles aliados.

La búsqueda de animales y plantas exóticas, especialmente con fines medicinales, podía también estar detrás de la creación de la flota, junto con el intento de establecer relaciones diplomáticas o la lucha contra la piratería. Aunque para muchos estudiosos el aspecto más crucial para la creación de la flota fue el propio carácter megalómano del emperador Yongle.

La primera expedición imperial zarpó en otoño de 1405. En total 317 barcos, con velas rojas y banderas de seda en los mástiles, a bordo de los cuales había más de 28.000 hombres, al mando, Zheng He. Durante más de dos años de travesía visitaron Sumatra y Sri Lanka, y oyeron por primera vez de la existencia de “Mouxia” (Moisés), que ubicaron erróneamente en la ciudad y creyeron formaba parte de la religión hinduista. Tuvieron enfrentamientos con piratas en las proximidades del estrecho de Malaca y sufrieron algún que otro tifón.

 

 
La flota de Zheng He era una especie de ciudad flotante. Tenía barcos que llevaban caballos, otros tropas, había, también, barcos de guerra, patrulleras y unos 20 barcos cisterna que transportaban agua. De entre todos estos barcos destacaban los más grandes, los “Barcos del Tesoro”. Su tamaño exacto aún se discute, ya que no se ha conservado ninguno. Según las descripciones de la época, hace unos años se interpretaba que su longitud podía ser de unos 137 o 150 metros. Hoy asumiendo como referencia otra unidad de medida, se cree más probable que estas descripciones se refirieran a una longitud de 120 metros y una anchura de 50. Y aún así, se trataría de los mayores barcos jamás construidos en madera.

Otros estudiosos sostienen que estos barcos podrían haber sido aún más grandes, se basan para ello en cálculos a partir de hallazgos y restos arqueológicos. El descubrimiento de un timón enterrado en el barro cerca de los astilleros de Nanjing permitió deducir que la eslora del barco en el que estaba montado podría haber sido de entre 160 y 180 metros. El tamaño de las atarazanas de Nanjing, dos de las cuales eran de 450 metros de largo y unos 64 metros de ancho, podría reforzar esa hipótesis.

Otros expertos, sin embargo, consideran del todo improbable que barcos de esas dimensiones pudieran navegar. Las investigaciones más recientes, y que son aceptadas por la mayoría estudiosos actuales, fijan la eslora de los barcos del tesoro entorno a los 60 metros. Una explicación para las dimensiones, aparentemente ineficientes, de los colosales barcos del tesoro es que el Emperador y sus burócratas sólo los usaban para sus desplazamientos de estado a lo largo del Yangtze. Por ejemplo, cuando acudían a pasar revista a la flota de Zheng He. En las aguas mucho más calmadas del Yantgze los gigantescos Barcos del Tesoro sí que podrían haber sido capaces de navegar.

 

Tomando las descripciones de la época como ciertas, los barcos tendrían un aspecto impresionante, con nueve mástiles, cuatro cubiertas y camarotes lujosos con balcones. Se da por hecho que eran mayores que cualquier otro barco anterior a ellos y varias veces el tamaño de las carabelas de Colón. Además, estaban mejor equipados, pues contaban con brújulas magnéticas y compartimentos estancos. Incluso algunas descripciones afirman que tenían parcelas de tierra a bordo. Pero pese a toda esta organización la vida no era fácil. Zheng He perdió muchos de ellos por las tormentas y muchos otros se estrellaron contra la costa, las enfermedades también eran comunes abordo y muchos hombres murieron por ellas.

Inmediatamente después del retorno de la primera flota, se iniciaron los preparativos de una segunda. Era una flota mucho menor, sólo 68 barcos, con objeto de devolver a los embajadores traídos por la primera a sus países de origen.

 

El tercer viaje comenzó en 1409 con sólo 48 barcos. Visitaron Vietnam, Temasek (el actual Singapur) y llegaron hasta Malaca, donde reconocieron la autoridad de un rey local para garantizar la estabilidad de la región. Prosiguieron hasta Sri Lanka y llegaron hasta Sumatra, allí erigieron una lápida conmemorativa de Buda, Alá y una deidad hindú, como muestra de respeto a las costumbres locales.

Existe una cierta confusión sobre las creencias religiosas de Zheng He, algunos lo describen como un musulmán ortodoxo que ayudó a extender su fe por el sudeste asiático. Se tiene constancia que durante sus expediciones colaboró en el traslado un gran número de musulmanes chinos a Malaca, Palembang y Surabaya (dos ciudades de Indonesia). Sin embargo, Zheng He siempre fue respetuoso con las demás religiones, fundamentalmente budismo y taoísmo, y no dudó en seguir sus rituales cuando lo creyó necesario. Tal vez por esto, algunos estudiosos consideran pudiera practicado alguna forma de sincretismo.

 

En efecto, aunque Zheng He era musulmán, rezaba y presentaba ofrendas a Tianfei. Los chinos creían que las tormentas eran causadas por dragones gigantes. Quemar incienso como ofrenda a la diosa Tianfei era una manera de calmar a esos dragones. A bordo de su flota, Zheng He consultaba a sus navegantes, pero también a sus astrólogos y sacerdotes taoístas.

En 1412 con el dinero obtenido del comercio de estas flotas se inició la construcción de la Torre de Porcelana de Nanjing, de casi 80 metros de alto. En los jardines que la rodeaban había plantas y animales traídos por las expediciones de Zheng He.

Las tres primeras flotas habían tenido como objetivo la mejora de las relaciones comerciales con el sudeste asiático. A partir de este momento, Yongle ordena la exploración de Arabia y África, lugares que, si bien no eran desconocidos para los chinos, no habían sido nunca explorados de manera sistemática. La cuarta flota partió en enero de 1414, esta vez eran 63 barcos y llegó hasta la India y las Maldivas.

Los soldados de la flota de Zheng He no solían inmiscuirse en las luchas locales, su función era más intimidatoria que de conquista y colonización, tal vez por la falta de tradición imperialista de China. Zheng He normalmente preferiría conseguir sus fines mediante el uso de la diplomacia, aunque tampoco se arrugaba si llegado el momento necesitaba recurrir a la violencia para impresionar a los pueblos extranjeros o hacerles pagar los tributos si estos se negaban.

Zheng He había tenido que utilizar la fuerza en los viajes anteriores y en este cuarto la tuvo que volver a utilizar para defenderse del candidato al trono de la ciudad de Semudera en Sumatra. La cuarta flota regresó en 1414 trayendo de invitado al rey de Bengala que llevó un curioso presente al emperador. Los chinos creyeron que se trataban de un quilin, un animal mitológico que sólo aparecía cuando existía un buen gobierno, aunque en realidad era una jirafa. Muchos en la corte felicitaron a Yongle por este buen augurio.

 

¿Un qilin en la corte de los Ming?

El quinto viaje se inició el 28 de diciembre de 1416. Después de visitar los puertos habituales del sudeste asiático, la flota llegó hasta la península Arábiga donde fueron bien recibidos y después se encaminó al sur, hasta Somalia.

La exploración y la curiosidad impulsaron un sexto viaje que comenzó la primavera de 1421. Aunque China había mantenido relaciones comerciales con África antes, esta seguía siendo una tierra “nueva”. La flota volvió a visitar Arabia y el este de África. Zheng He tuvo que regresar antes de completar el viaje, puede ser que para asistir a la inauguración de la Ciudad Prohibida.

Pese a que las sucesivas flotas habían convertido a China en la dominadora de gran parte del Océano Índico, parecía que el fin de estos viajes comerciales se acercaba. Por un lado, la clase dirigente confucionista, partidaria del aislacionismo, empezaba a recuperar la influencia perdida en la corte. Por otro, la construcción naval había empezado a caer en decadencia tras la renovación del Gran Canal en 1411. El canal ofrecía una ruta más rápida y segura para transportar grano que la marítima, la demanda para barcos marinos cayó. A su vez, el imperio empezó a tener problemas internos: hambrunas, epidemias, déficit, inflación,… Y además se vio envuelto en una guerra inacabable en una provincia rebelde al norte de Vietnam.

 

La flota sin su almirante regresó en 1433 con nuevos embajadores y cinco nuevos quilin. Hongxi se mostró satisfecho por la restauración del comercio tributario, pero murió en 1435. El nuevo emperador, Jungtong, llegó al trono con apenas siete años de edad y se convirtió en un títere en mano de los eunucos. En 1449 fue capturado por los mongoles. Los confucionistas, que acusaban a los eunucos de tal desastre, aconsejaron deshacerse de ellos y les prohibieron participar en el comercio ultramarino.

Los confucionistas eran mucho más conservadores que los eunucos, veneraban la autoridad y el modo de vida rural, no la innovación y el comercio. Las creencias confucionistas consideraban poco apropiado que una persona viajara al extranjero mientras sus padres aún estaban vivos. Además, creían que poco tenían que ofrecer las naciones “bárbaras” a la mucha más avanzada, y ya próspera, China.

Eventualmente la élite confucionista prohibió la construcción de buques con más de dos palos y la navegación marítima (edicto Hai Jin). Zheng He fue cayendo en el olvido, e incluso llegó a ser visto como una figura negativa por ser contraria a las ideas confucionistas. La información de los dos últimos viajes, los más lejanos, fue destruida por los funcionarios del emperador Ming, probablemente para evitar más “despilfarros” al país.

Mucho se ha especulado sobre qué habría sucedido si China hubiera mantenido las expediciones navales, pero la realidad es que finalizaron de forma abrupta, lo que sin duda se convirtió en una oportunidad perdida y facilitó la exploración europea. Además de los problemas que ya habían provocado el primer parón después del sexto viaje. El imperio Ming se encontró con cuestiones más urgentes. Los mongoles volvían a constituir una amenaza al norte, lo que desvió la inversión militar del caro mantenimiento de las flotas del tesoro. La inflación convirtió a los billetes Ming en poco fiables y dejaron de ser aceptados en el extranjero, se exigió el pago mediante bienes materiales, condiciones menos atractivas para los chinos.

En 1424 el emperador, y gran valedor de Zheng He, Yongle, falleció y fue sucedido por su primogénito, el emperador Hongxi, que aunque tuvo un reinado de sólo 9 meses, se mostró contrario a continuar los viajes de la flotas. Hongxi fue a su vez sucedido por su hijo, Xuande, que al poco de llegar al poder, el 29 de junio de 1430, y preocupado por la pérdida de influencia en el exterior y la reducción del comercio tributario, ordenó iniciar los preparativos de una nueva expedición.

Sería el séptimo y último viaje para Zheng He. Debido al parón de 6 años desde el anterior, los preparativos fueron esta vez más largos, pero fue la mayor de todas las expediciones, en total, otra vez, más de 300 barcos. El objetivo era restaurar la tranquilidad en los mares. La flota se dividió en dos grupos, uno de ellos llegó tan al sur como Kenia y Mozambique, el otro, al mando del cual estaba Zheng He, se dirigió hacia el golfo Pérsico. Zheng He murió antes de llegar al golfo Pérsico y aunque tiene una tumba en China, ésta está vacía. Como a los grandes almirantes, Zheng He fue enterrado en el mar.

 
Con motivo del 600 aniversario de su primer viaje, se inició una recuperación de la figura de Zheng He, promovida por el gobierno chino, gracias a la apertura de museos, construcción de réplicas de sus barcos del tesoro, series de televisión y libros. La imagen de Zheng He como embajador cultural de buena voluntad, marino de un país poderoso, pero amante ferviente de la paz, fue utilizada por el Partido Comunista Chino, para demostrar a sus propios ciudadanos que China estaba recuperando su gloria pasada, a la vez que para tranquilizar a los países vecinos demostrándoles que China podía ser fuerte sin convertirse por ello en una amenaza.

Pero incluso en la misma China, el uso de historia pobremente documentada como moderna propaganda causó un cierto rechazo. Algunos estudiosos criticaron la campaña por ser sólo una distorsión, que olvidaba que Zheng He trataba a los extranjeros como bárbaros y a la mayoría de países como estados vasallos. Los críticos con la campaña rebajaban, también, los logros de sus viajes, que, según ellos, sólo sirvieron para recaudar impuestos para un emperador megalómano y derrochador.

Tecnología avanzada

En el siglo XV la arquitectura naval china era la más avanzada del mundo. Los juncos eran mucho más grandes y resistentes que los barcos europeos y contaban con avances técnicos como el timón fenestrado y los mamparos para impedir los hundimientos.

 

Zheng He emprendió su viaje a bordo de naves que dejaban a las de los navegantes portugueses y españoles a la altura de cascarones de nuez.

Se sabe que visitó las islas Maldivas, Sri Lanka, Calcuta, Ormuz y la costa africana hasta Mogadiscio, en Somalia. Pero Menzies va más allá. Afirma que rodeó el Cabo de Buenas Esperanza, llegó hasta Cabo Verde, atravesó el Atlántico, rodeó toda América, con paradas en Brasil y en las Malvinas, y se internó en el Antártico. En este punto la flota se dividió. Mientras algunos juncos volvían a China por el Índico, el resto atravesó el estrecho de Magallanes para llegar a las costas de América Central y atravesar el Pacífico de vuelta a China.

¿Por qué no se relata semejante odisea en las crónicas chinas? El autor británico afirma que, tras el regreso de Zheng He, los sucesores del difunto Zhu Di adoptaron una política de aislamiento y eliminaron los registros. Esta explicación no ha gustado a los historiadores, que piden más pruebas. Menzies afirma que los mapas que usaron Colón y sus sucesores estaban copiados de sus equivalentes chinos, obtenidos a través de mercaderes venecianos afincados en India. También menciona testimonios, entre ellos el del propio Colón, de exploradores que describían indígenas de aspecto oriental en el Caribe.

Las pruebas de Menzies son varios hallazgos desconcertantes: una escultura de la dinastía Ming encontrada en Kenia, la estela con inscripciones indescifrables que apareció en Cabo Verde, una torre que el autor describe como de estilo chino que se encuentra en Nueva Inglaterra y ejemplares de porcelana encontrados en lugares como Perú y California. 

 Cuenta una de las numerosas leyendas que circulan por el continente africano, que en uno de sus viajes, el expedicionario chino Zheng He avistó las costas de la Isla keniana de Lamu. Pese a que buena parte de su tripulación ya había navegado por los exóticos mares de Indonesia, India o Tailandia, quizá maravillados por la belleza de sus habitantes, decidieron quedarse de por vida en el archipiélago.

Sea o no cierta esta revisión chino-africana del mito de Ítaca, lo cierto es que cinco siglos después, la Isla de Lamu es uno de esos escasos rincones ocultos que todavía permanecen inmunes a las ansias de desarrollismo que persigue al continente africano.

Un pequeño archipiélago, compuesto por las poblaciones de Shela, Matondoni, Kisangani y Lamu -la ciudad más antigua de Kenia-, que, pese a encontrarse a escasos kilómetros del caos de Somalia, cuenta con mayores similitudes con los templos de la espiritualidad del Tíbet que con los infiernos terrenales.  

A lo largo de su laberinto de calles sin asfaltar, el viajero podrá recoger la herencia visual y arquitectónica de un pasado compuesto por mercaderes portugueses, indios o chinos que no quisieron perder la oportunidad histórica de visitar esta joya del África oriental. Mientras, podrá disfrutar de una unión de culturas sin comparación en el continente, la swahili y la musulmana, aderezado por sus los olores característicos de ambas. En sus bazares y mezquitas, el aroma de las especias árabes. En sus playas de arena fina, el sabor africano de las delicias de coco.

Un mestizaje nacido libre, del que son testigos eternos las avenidas Harambee y Kenyatta, dos de las principales arterias de la ciudad. Unas pequeñas callejuelas, en las que, contagiados por un desinterés atemporal, sus habitantes mascan durante horas hojas de mirá (una droga que cuenta con similares efectos a la cafeína y que forma parte activa de la cultura keniana, somalí y etíope). Pero no se preocupe ante este desaforado interés por los estimulantes naturales. Durante su visita, el ritmo de la ciudad transitará siempre al compás swahili del «pole pole» (calma, calma). Que la ciudad tan sólo disponga de dos coches para sus 10.000 habitantes, lo cierto es que ayuda bastante.

Pero, de igual modo que la ausencia de transportes «clásicos» es una de sus señas de identidad -la mayor parte de sus habitantes se desplaza en burro por las calles-, mención aparte merecen sus playas. Un mérito del que no sólo son responsables sus costas de arena fina, aguas cristalinas y exuberante fauna acuática.

Gracias a la milagrosa criba que cada año realizan los mediáticos complejos turísticos de Zanzíbar, Comores o Seychelles sobre los turistas arquitectos de castillos de arena; el sonido del agua y la brisa del mar serán sus únicos acompañantes en este paraíso natural. Unos días de soledad occidental que le ayudarán a entender la causa de que muchos de sus habitantes luzcan una mirada de ojos rasgados.

Los navíos europeos de la época eran como una nuez comparados con los utilizados por el Almirante Zheng He.

Los navíos europeos de la época eran como una nuez comparados con los utilizados por el Almirante Zheng He.

 

He querido compartir con todos un pedacito de la historia de mi país… Os animo a seguir investigando.

Xiao Ying.  http://www.masajexiaoying.es.tl

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